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Solemnidad de Corpus Christi


El evangelio de hoy se inicia con una declaración que será la clave de comprensión de todo el texto: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne” (v. 51). Estamos ante una solemne declaración que resume la máxima revelación de Jesús como pan e identifica el pan con la humanidad de Jesús que será sacrificada por la salvación de los hombres.

SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI (A)

 AÑO DE CRISTO REDENTOR

 “¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios? No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales” (Obras de Santo Tomás de Aquino, Opúsculo 57, En la fiesta del Cuerpo de Cristo).

Textos

Dt 8, 2-3.14-16  “Y en el desierto te alimentó con el maná”.

Sal 147, 12-15.19-20              ¡Glorifica al Señor, Jerusalén!

1Cor 10, 16-17  “Todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo”.

Jn 6, 51-56          “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”.

                Como toda obra musical tiene una melodía de fondo que se recrea continuamente a través de las variaciones de instrumentos, ritmos e intensidad, así la Eucaristía es la melodía que resuena en la sinfonía de la Palabra de Dios de esta solemnidad de Corpus Christi. Desde los albores de la salvación, en la historia de Israel, el pan constituye un elemento esencial hasta llegar a descubrir que ellos recibieron el maná, un pan bajado del cielo. Una y otra vez el pueblo elegido volverá sobre este magnífico milagro hasta poder decir que no fue Moisés el que les dio ese pan sino Dios mismo. Maná se refiere al origen misterioso del alimento otorgado por Dios a su pueblo durante la travesía del desierto. El motivo servirá para desarrollar la promesa del pan escatológico o alimento espiritual “don de Cristo”. Pero también Dios le regala al pueblo el agua para apagar su sed en pleno desierto, un agua que brota de una roca que Moisés, por mandato divino, golpea con su bastón. Dios nutre con su pan y alivia la sed de su pueblo. ¡Cuánto sentido tienen ambos elementos en la vida y misión de la Iglesia! Bautismo y Eucaristía, dos sacramentos indispensables para ser y actuar como discípulos de Cristo. Y Jesucristo es la piedra angular de todo el edificio de la comunidad cristiana y es el verdadero Pan bajado del cielo, el verdadero pan vivo que se nos ofrece para que tengamos vida y no muramos.

                Acerquémonos a la contemplación de la obra de Dios en la historia humana guiados por la Palabra que nos invita a entrar en ese diálogo permanente que el Señor quiere abrir y reabrir con nosotros.

 

                Del Libro del Deuteronomio 8, 2-3.14-16  

                Recordar o hacer memoria es el llamado que dirige Moisés a su pueblo en la antesala de la entrada de Israel en la tierra prometida. Siempre es importante “hacer memoria” de lo importante y significativo que nos ha sucedido. Una persona o pueblo o comunidad sin memoria se destruye y pierde el vínculo con su historia concreta. Hacer memoria y recordar no es un pasatiempo o entretención, sino una manera de volver a hacer presente para nuestro tiempo lo que ya pasó o aconteció en el pasado. Esto es particularmente importante en la historia de la salvación, sobre todo, cuando “hacemos memoria” en la celebración litúrgica donde volvemos a expresar y vivir la realidad salvadora que ya aconteció pero que hoy volvemos a “actualizar” mediante los signos y palabras. Así “hacer memoria” es insertarse vitalmente en la fuerza salvadora de lo que recordamos: la redención que Dios nos ofrece y realiza en su Hijo Jesucristo “en la plenitud de los tiempos”. Con toda razón la liturgia nos hace volver a lo esencial de nuestro camino de fe, al sacrificio redentor de Cristo, a su misterio pascual de muerte y resurrección.

                Para Israel, recordar era volver una y otra vez a la magnífica acción de Dios con su pueblo: su salida de la esclavitud a través del paso del Mar Rojo y su paso por el desierto. Cada vez que Israel olvidó o dio la espalda a su pasado, marcado por la intervención de Dios, se perdió en la idolatría y tantas otras formas de infidelidad y pecado. Hoy, la primera lectura nos presenta el desierto como el lugar donde Dios educó a su pueblo. Y Moisés invita a su pueblo a no olvidarlo. Los cuarenta años de peregrinación por el desierto son los hitos del aprendizaje, de la pedagogía de Dios con su pueblo. Y lo más importante de este “camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer” es para probar y conocer las intenciones verdaderas de Israel y así “ver si eres capaz o no de guardar sus preceptos”. Las pruebas educan a Israel y las pruebas son las necesidades como el hambre, la sed, la salud. Pasaron hambre y sed pero Dios no les faltó, porque les regaló el maná e hizo brotar agua de la roca. Así el pueblo aprende desde la vida misma que “el hombre no vive sólo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios”. Dios no usa una larga disertación para educar; es mucho más directo, nos enseña desde y con la vida de cada día, la individual y la comunitaria. La esclavitud vivida en Egipto, el hambre y la sed del desierto son oportunidades para descubrir la grandeza de Dios que manifiesta su poder obrando a favor de su pueblo. Una conclusión: “No te vuelvas engreído y te olvides del Señor, tu Dios que te sacó de Egipto, de la esclavitud… que te sacó agua de una roca de pedernal… que te alimentó en el desierto con un maná...” (vv.14 – 16). ¿Qué me enseña esta experiencia educativa de Israel en el desierto? ¿Tengo conciencia de “hacer memoria agradecida” cada domingo? ¿He olvidado lo que el Señor ha hecho por la humanidad en su Hijo Jesucristo? ¿Vivo el vínculo existencial con el pasado de la salvación, con Israel, con Jesús de Nazaret, con María, con la Iglesia?

                De la primera Carta de San Pablo a los Corintios 10, 16-17

                En estos dos versículos, San Pablo nos propone también a nosotros, creyentes del siglo XXI, una cuestión muy actual. Con frecuencia se escucha de buenos cristianos decir que en el fondo se puede adherir a todo lo que se ofrece en una sociedad pluralista en temas morales, antropológicos, culturales, ideológicos, religión, etc. El tema no es nuevo. San Pablo debió ayudar a los fieles cristianos de Corinto que estaban inmersos en una cultura del imperio romano dominada por la idolatría. Por eso el llamado claro de San Pablo: “Por esto, queridos míos, huyan de la idolatría. Hablo a gente entendida, juzguen por ustedes mismos” (v. 14-15). Existían las comidas o banquetes dedicados a los dioses, lo que significaba adhesión y comunión con ellos. ¿Es lícito a un cristiano participar de semejantes reuniones “aparentemente inocentes”? La respuesta es clara y muy profunda: cuando nosotros celebramos la eucaristía estamos en comunión con la Sangre de Cristo y cuando partimos el pan eucarístico entramos en comunión con el cuerpo de Cristo, es decir, con su Iglesia. Un cristiano convencido de su fe no puede compartir cualquier idea o acción bajo el pretexto que es un hombre libre y maduro. Debe ser capaz de descubrir la trampa que pone en peligro su fe en Jesucristo. No puede ser un cristiano que acepta la reencarnación, o las teorías astrales o los postulados y ceremonias de la Nueva Era, por nombrar sólo algunos. Quien quiere salvaguardar la fe, ese don que ha recibido, no puede aceptar y participar en cuanto movimiento “espiritual” que hoy está en boga. Menos aún, si vivimos la santa eucaristía como lo más grande y sagrado que nos dejó el Señor. Pero hay que decir también que hoy la idolatría no  sólo se reviste de una aparente forma de religión; también existe la idolatría del dinero, de los bienes materiales, del éxito, de la violencia, del poder, de las ideologías, etc. Esto quiere decir que también el cristiano no puede “casarse” con cualquier opción bajo el pretexto que en la economía y en la política no se mete la religión. Es tiempo de discernimiento personal indispensable para permanecer fieles al Evangelio de Jesucristo. Así la advertencia de San Pablo tiene  pleno sentido hoy  y la fidelidad es dinámica y creativa en los tiempos que vivimos. ¿Cómo vivo la fe católica hoy? ¿Existe una moral que brota del Evangelio de Cristo? ¿O todo es relativo y opinable?

                Del evangelio según San Juan 6, 51-58

                Esta bella página del evangelio está dentro del enjundioso capítulo 6 de San Juan con el discurso sobre el pan de vida. Nosotros como Israel también necesitamos de una comida, un pan sabroso para que comiéndolo, no tengamos hambre y nos llenemos de vida para hacer el camino hasta lograr la meta en el cielo.

                El tema de este pasaje del evangelio es comer la carne del Hijo del Hombre. Es la parte final del discurso del pan y hay que leerlo en continuidad con todo lo anterior del capítulo 6. Es evidente que en esta parte final el tema del pan adquiere un rasgo más sacrificial y eucarístico, que en la sección anterior que tiene un acento más sapiencial. Aquí se profundiza en el tema del pan de vida. No se trata sólo de acoger la palabra reveladora de Jesús, sino sobre todo de dejar sitio al misterio de su persona, captada en la dimensión eucarística. Jesús es el pan de vida no sólo en lo que hace, sino especialmente en el sacramento de la eucaristía, espacio de la unidad del creyente con Cristo.

                El evangelio de hoy se inicia con una declaración que será la clave de comprensión de todo el texto: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne” (v. 51). Estamos ante una solemne declaración que resume  la máxima revelación de Jesús como pan e identifica el pan con la humanidad de Jesús que será sacrificada por la salvación de los hombres en la muerte de cruz. El lenguaje sacrificial se expresa en el verbo “dar”, el sustantivo “carne” y la expresión “para la vida del mundo”. Es muy necesario comprender el sentido que San Juan da a la palabra “carne” que en griego es sarx en lugar de soma = cuerpo. Con esta fórmula se resalta la relación profunda entre la eucaristía y la encarnación, en cuanto que el hombre se alimenta del Verbo hecho carne. Así la palabra “carne” se refiere a la humanidad de Jesús hecha de carne y sangre. Se trata de una “carne” que da la vida ya que es la humanidad del Hijo de Dios, pero también es una carne que se sacrifica en la cruz y en la eucaristía. Entonces la encarnación del Verbo de Dios en el vientre purísimo de María y la culminación de la actividad redentora de Jesús, que se realiza en la exaltación gloriosa que Él alcanzará en su muerte, como signo del amor más grande de Dios por los hombres, indican que Jesús es el pan, bien como Palabra de Dios, o bien como víctima del sacrificio redentor.

                La dificultad de los interlocutores de Jesús es que no logran acoger la comunión con Cristo y se quedan en el hecho absurdo para ellos de comer su carne y beber su sangre, expresión de no adhesión de fe a Jesús. No logran captar que la vida del hombre consiste en la comunión con Cristo. Resuena aquella palabra del Señor: “Sin mí no podéis hacer nada”. Y el discípulo sólo es tal entrando en esa relación de intimidad con Él, una comunión que está más allá de la admiración puramente externa. Compartir la vida de Jesús en la eucaristía es clave para ser discípulo suyo, es decir, unirse a la Ofrenda que es Cristo y dejarse transformar también en ofrenda viva como Él.

                Los últimos versículos se refieren a los frutos extraordinarios que reciben quienes viven la comunión eucarística. El primero de ellos es la cohabitación y unión íntima entre Cristo y el discípulo: “El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él” (v. 56). El que participa del sacrificio eucarístico entra en la vida del Padre a través del Hijo: “Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí” (v. 57). Y quien participa de la eucaristía logrará la meta final del camino cristiano: “Quien come este pan vivirá eternamente” (v. 58).

                Lo verdaderamente importante es comprender la eucaristía en la hondura que tiene: busca la comunión con Cristo y con su Cuerpo Místico, la Iglesia. No siempre está clara esta dimensión. Muchas veces se hace una interpretación de la comunión eucarística en términos individualistas y restringidos a la piedad personal. Cada eucaristía es ponerse en sintonía con el Señor y caminar como pueblo de Dios convocado a entrar en la relación que nuestras idolatrías rompen. ¿Qué sentido tiene reunirse todos los domingos? ¿Busco la comunión con el Señor y me siento parte de su pueblo, la Iglesia? ¿He descubierto el aspecto dialogal en que se estructura la eucaristía?

Que tengan un buen domingo junto a la comunidad creyente celebrante de la eucaristía.       Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.            


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