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Domingo de Pentecostés


Así como en la fiesta de Pentecostés el pueblo israelita recordaba y renovaba la alianza en el Sinaí entre Dios y el pueblo, que también nuestro Pentecostés nos ayude a renovar nuestra alianza sellada con los sacramentos del bautismo y de la eucaristía, y ambos, profundos momentos de consagración por el Espíritu Santo.

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (A)

AÑO DE CRISTO REDENTOR

¡Espíritu Santo!, abre nuestro corazón a tu presencia, que nos da vida y fuerza para la misión; defiende nuestra fe en los momentos difíciles, tanto personal como comunitariamente; no permitas que nos encerremos en un intimismo espiritual y ábrenos al mandato recibido de Jesús: “Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes” y “Mi mandamiento es este: que se amen los unos a los otros como yo los he amado”; suscita en nuestros corazones la verdadera comunión en la Iglesia, ya que “todos hemos recibido un mismo Espíritu”.

Textos

Hch 2, 1-11         “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”.

Sal 103, 1.24.29-31.34     Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.

1Cor 12, 3-7.12-13           “En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común”.

Jn 20, 19-23                        “Sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”.

                La Solemnidad de Pentecostés tiene un sabor de vida y de renovada alegría. Y no es para menos si se trata de celebrar la Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, es decir, sobre la Iglesia. A los cincuenta días de la resurrección de Jesús, estamos cerrando el maravilloso tiempo pascual 2017. Con toda razón, Pentecostés es llamada “Pascua granada” porque se trata de la Pascua madura que produce uno de los más sabrosos frutos como es el envío del Espíritu Santo. De esto nos hablará  el Señor a través de su Palabra y de la celebración festiva de este domingo. Y al concluir la cincuentena pascual, podríamos preguntarnos si verdaderamente nos metimos en el espíritu de la Pascua de Jesús, si logramos con Él seguir paso a paso su proceso pascual, verdadero modelo de nuestra propia pascua. Porque Pascua significa “paso”, y de la muerte a la vida. La alegría pascual es la culminación de un camino donde la cruz se constituye en el centro, porque Jesús la trasforma de signo de oprobio en árbol de vida, como dice bellamente la liturgia. Hoy, celebramos alegremente el cumplimiento de la gran promesa del Padre y de Jesús: el envío del Espíritu Santo, nuestro consolador y abogado defensor. Así volvemos a ser introducidos en el corazón del misterio de Dios: en la comunión trinitaria. Y en ella debemos permanecer si queremos ser discípulos misioneros en el mundo. Porque al final de todo  se trata de permanecer en el amor de Jesús, que es el amor del Padre, y en el amor que procede del Padre y del Hijo, que es el Espíritu Santo. Una comunión de amor divino con las tres divinas personas en el corazón del creyente. Es el inicio de lo que será finalmente nuestra meta última, la felicidad eterna en la comunión de los santos. Así lo expresa la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II: “Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia y de esta manera los creyentes pudieran ir al Padre a través de Cristo en el mismo Espíritu”(N°4).

                Entremos en un breve comentario de la Palabra de Dios de la Solemnidad de Pentecostés. Invoquemos al Espíritu Santo para que ilumine nuestra mente y abra nuestro corazón a la voz de Dios que resuena en estos textos de la Sagrada Escritura. Dejemos que nos hable el Señor y para eso hagamos silencio contemplativo.  

                Del Libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11

                Pentecostés era una fiesta judía que recibe este nombre en el siglo II a.C. por celebrarse a los 50 días después de la Pascua. Coincidía con la fiesta de la siega o de las Semanas en las que se daba gracias por los primeros frutos de la tierra y en que se ofrecían las primicias de los mismos. Era una oportunidad para peregrinar a Jerusalén y así coronar la peregrinación pascual. Adquirió también el sentido de renovación de la alianza del Sinaí entre Dios y su pueblo. La fiesta cristiana de Pentecostés conmemora el don escatológico del Espíritu Santo, cuya venida inaugura el tiempo de la Iglesia abierta a todos los pueblos. Hoy tendremos dos relatos de esta venida: en los Hechos y en el Evangelio de San Juan.

                En esta lectura de hoy, San Lucas relata el hecho más importante de su segundo libro, el de los Hechos de los Apóstoles: Pentecostés o venida del Espíritu Santo. Pero, sobre todo, su sentido más hondo como es el nacimiento de la Iglesia. El relato que nos ofrece no puede ser comprendido aisladamente; es indispensable asumir como dato esencial que San Lucas quiere trasmitirnos: que el Espíritu Santo que Jesús nos prometió estaba actuando en y por las comunidades cristianas. Esto era tan evidente que la gente que oía su testimonio se convertía al Evangelio. A pesar de las violentas persecuciones, la fe se sostenía y era confirmada su decisión de seguir anunciando la Buena Nueva. La gente veía que estaba surgiendo un nuevo modo de hacer comunidad de hombres y mujeres, que compartían la fraternidad, la oración y la solidaridad en el día a día. Era el Espíritu Santo que estaba haciendo todas las cosas en estas comunidades cristianas. Es la vida real el escenario real de la acción del Espíritu Santo.

                El relato de Hechos 2, 1-11 nos cuenta esta maravilla que está aconteciendo en las comunidades cristianas. A Lucas no le interesa una crónica, el cómo y el dónde de la venida del Espíritu Santo. Va más allá de las circunstancias y nos ayuda a descubrir el sentido, el alcance y las consecuencias de esa venida para las comunidades y para el mundo entero. San Lucas construye un relato fenomenal. No sólo narra un hecho del pasado como la primera venida del Espíritu Santo sino que nos ofrece un modelo que nos ayuda a comprender e interpretar lo que el Espíritu Santo hace en las personas y en las comunidades cristianas de todos los tiempos y lugares. El relato se ubica en relación con la fiesta de las primicias de la tierra, cuyo primer fruto es el Espíritu Santo haciendo maravillas en creyentes y comunidades. Si la escena comienza al interior de la casa donde estaban reunidos, se abre esplendorosa a campo abierto y abraza a la muchedumbre multifacética que se había congregado en Jerusalén. Y los fenómenos del viento huracanado, las lenguas de fuego son imágenes clásicas para describir las intervenciones de Dios. El resultado es que todos entienden en una misma lengua. El fondo es el relato de la torre de Babel donde hubo confusión y dispersión. Aquí, gracias al Espíritu Santo, hay reunión, unidad y comprensión.

                ¿Qué signos hay hoy en nuestra Iglesia, en nuestra comunidad que nos hablan de la acción presente del Espíritu Santo? ¿De qué manera el Espíritu Santo está actuando en el historia de nuestros días? ¿Cuáles son los frutos del Espíritu Santo en tiempo presente?

                De la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 12, 3-7.12-13

                Rivalidades, celos y rencillas nunca nos faltan. Es el pan de cada día. En el caso de los cristianos de Corinto, no era muy distinto pero la razón de esto era la diversidad de dones o carismas que habían recibido y que ejercitaban en la comunidad. No es malo ejercitar los dones recibidos, ponerlos al servicio de los demás. Eso es bueno y saludable siempre que descubramos que son dones y carismas que proceden del Espíritu Santo. Lo más sano y difícil es aceptar que en la Iglesia hay diversidad de dones espirituales, de ministerios o servicios  y de actividades. Todos ellos nos remiten al mismo Espíritu Santo, al mismo Señor y al mismo Dios. En tan prodigiosa diversidad, San Pablo enuncia un principio fundamental: “A cada uno se le da una manifestación del Espíritu para el bien común” (v. 7). Entonces no se trata de esas cualidades naturales ni fruto del esfuerzo humano ni méritos o privilegios; son dones gratuitos y regalos de las tres divinas Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No son para el uso y usufructo de quien los ha recibido sino siempre para el bien de toda la comunidad. Sirve para comprender mejor esto, la imagen del cuerpo que era muy frecuente para comprender la organización de la sociedad. San Pablo usa la imagen del cuerpo donde la unidad y la diversidad se corresponden mutuamente, para decir que es lo que acontece con Cristo y su Iglesia. ¿He descubierto los dones que el Señor me ha regalado? ¿Cómo estoy poniendo esos dones o carismas al servicio del bien común? ¿Tengo conciencia y vivo el sentido y valor del bien común por sobre el bien particular? ¿Qué está primero en el plano del creyente? ¿Cuál es el criterio predominante en mis decisiones?

                Del evangelio según San Juan 20, 19-23

                Algún autor llega a afirmar que el texto de Jn 20, 19-23, el evangelio de hoy, es el relato de “Pentecostés del cuarto evangelio”. Porque  se habla claramente de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles pero este acontecimiento no aparece situado temporalmente, cincuenta días después de la Pascua como leímos en Hechos 2, 1-11. Simplemente San Juan no establece un plazo de tiempo entre la Pascua y la Venida del Espíritu Santo como tampoco sitúa ésta en la fiesta de Pentecostés como lo hace San Lucas. A diferencia de los Hechos, Juan presenta todo como si hubiera acontecido en el mismo día de la resurrección. Bien vale la pena recordar que los evangelios no son crónica sino representan perspectivas teológicas propias de cada evangelista. San Juan no pretende narrar un hecho histórico y localizable en el tiempo sino de profundizar en un acontecimiento que se experimenta en la fe y sólo desde ahí tiene sentido. Es evidente que Juan quiere mostrar el nexo estrecho entre la resurrección de Jesús y la efusión del Espíritu como aspectos complementarios de una misma y única realidad. ¿Cómo lo hace para transmitirnos esta estrechísima y misteriosa unidad entre la resurrección y la efusión del Espíritu? No usa el simbolismo del viento impetuoso (ruah= viento en hebreo) o del fuego (lenguas de fuego) como en el relato de los Hechos, sino el mismo “aliento” vital del Resucitado que “sopla” sobre los Apóstoles, más en sintonía con el texto de Génesis  2,7: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo”. Al respecto, dice Benedicto XVI: “El hombre es esta criatura misteriosa, que proviene totalmente de la tierra, pero en la que se insufló el soplo de Dios. Jesús sopla sobre los Apóstoles y les da de modo nuevo, más grande, el soplo de Dios. En los hombres, a pesar de todos sus límites, hay ahora algo absolutamente nuevo, el soplo de Dios. La vida de Dios habita en nosotros. El soplo de su amor, de su verdad y de su bondad”. El soplo de Jesús es el Espíritu Santo. Por lo tanto, este texto del evangelio de hoy, nos invita a vivir siempre en el espacio del soplo de Jesucristo, a recibir la vida de Él, de modo que Él inspire en nosotros la vida auténtica, la vida que ya ninguna muerte puede arrebatarnos.

                Otro aspecto típico de San Juan es el vínculo entre la efusión del Espíritu Santo por el aliento del Resucitado, que es el mismo que padeció pasión y muerte, razón por la cual muestra las señales de sus manos y de su costado a los suyos, es el perdón de los pecados con lo cual la misión de los discípulos se presenta como una tarea de reconciliación universal. Así Jesús los hace partícipes de su misma autoridad para perdonar o retener pecados, donándoles el Espíritu Santo prometido en el contexto de la última cena. La “neumatología joánica” es rica en la presentación de la acción del Espíritu Santo en medio de la comunidad eclesial. Desempeña un papel fundamental en la comunidad cristiana post pascual. Dice que el Espíritu Santo procede del Padre y es enviado a los creyentes por la intercesión de Jesús glorificado a la derecha del Padre. Recibe el nombre de Paráclito que significa “ayudante”, “protector”, “abogado”, “defensor”, “intercesor”.

                Así como en la fiesta de Pentecostés el pueblo israelita recordaba y renovaba la alianza en el Sinaí entre Dios y el pueblo, que también nuestro Pentecostés nos ayude a renovar nuestra alianza sellada con los sacramentos del bautismo y de la eucaristía, y ambos, profundos momentos de consagración por el Espíritu Santo. El sacerdote no sólo extiende sus manos sobre las ofrendas de pan y vino sino también y principalmente sobre la asamblea que es la ofrenda viviente que Dios consagra para sí en cada eucaristía.

                Que el Señor le bendiga con la abundancia de los dones del Espíritu Santo.

                Fraternalmente en Cristo y María de la Merced. Fr. Carlos A. Espinoza I. O. de M.

   


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