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Solemnidad de la Ascensión del Señor


La solemnidad de la Ascensión del Señor nos recuerda lo que Jesús resucitado comunicó a los suyos sobre su vuelta al Padre, su regreso al Padre, con el que coronó su misión redentora. Vino al mundo para llevar al hombre a Dios. Lo hizo como Buen Pastor que quiere llevar las ovejas al redil y lo hace donando su vida, entregándose a la muerte, y muerte de cruz.

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR (A)

AÑO DE CRISTO REDENTOR

Textos

Hch 1, 1-11         “Serán mis testigos en Jerusalén… y hasta los confines de la tierra”.

Sal 46, 2-3.6-9                El Señor asciende entre aclamaciones.

Ef 1, 17-23           “Él puso todas las cosas bajo sus pies”.

Mt 28, 16-20      “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”.

                Las lecturas de hoy iluminan el misterio de la Ascensión del Señor y ya muy próximos a concluir el tiempo pascual que hemos vivido con renovada esperanza, a pesar de los signos patéticos de la violencia terrorista que seguimos experimentando como una pesadilla. Aún nuestro mundo no ha comprendido la Buena Noticia de la paz, del respeto mutuo, de la reconciliación, de la fraternidad. Por desgracia, no sólo el terrorismo a gran escala sino también el otro pequeño y constante del día a día, el de unas relaciones humanas empobrecidas por el individualismo, el desprecio de la vida, el abuso de variadas formas, la violencia, la indiferencia, el dominio, el abuso de poder, etc. No deja de ser paradojal que los cristianos celebremos la Ascensión del Señor, con alegría y esperanza, frente a un mundo  triste y sin esperanza. Jesús es el motivo de esta paradoja. Porque Él, al irse, permanece con nosotros de otra manera. Nos deja la misión de ir hasta los confines de la tierra pero no vamos solos sino en su misteriosa compañía. Se va, en cuanto cambia de modo de estar con los suyos y así permanece en todo lugar donde será invocado su nombre. Seremos  sus testigos pero no solos sino con Él que asume finalmente su condición gloriosa como Dios y puede estar en todas partes ya sin límites ni fronteras. Desde la Ascensión somos una Iglesia acompañada, habitada por una presencia espiritual del Señor pero tan real que es el motivo de la alegría que debe caracterizar al discípulo y a la comunidad cristiana.

                Dejemos que la Palabra de Dios nos ayude a intensificar nuestra fe en el Resucitado que está sentado a la diestra de Dios Padre, dotado de todo poder en el cielo y en la tierra, que junto al Padre nos regala el Espíritu de la verdad.

                Del Libro de los Hechos de los Apóstoles

                La primera lectura de esta solemnidad, Hch 1, 1-11, contiene un breve prólogo (vv.1-2), luego la promesa del Espíritu Santo (vv. 3-5) y la narración de la  Ascensión del Señor (vv.6-11). Es muy importante la referencia a los 40 días en que Jesús se aparece a los suyos, comprobando su resurrección, porque sirve para mostrar la continuidad de la comunidad cristiana con el Jesús pre pascual. Por otra parte, los apóstoles deben afianzarse en la fe que deben comenzar a predicar. Tampoco deben alejarse de Jerusalén, porque la evangelización debe partir del lugar donde había comenzado todo. Desde aquí el evangelio progresivamente se expandirá a los gentiles hasta llegar a Roma, punto neurálgico del imperio romano. De este modo se cumplen las palabras de Jesús: seréis mis testigos en Jerusalén… y hasta los confines de la tierra.

                Permanecen en Jerusalén porque deben esperar que se cumpla la promesa del Padre. Se trata de la efusión del Espíritu Santo que el mismo Jesús había prometido. Para que ello ocurra, Jesús debe volver al Padre, cuando sea exaltado a la derecha del Padre. Queda claro que los discípulos no comprenden la verdadera naturaleza del Reino de Dios y de ahí la pregunta sorprendente: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?” (v. 6). Y también se creía que la irrupción del Espíritu Santo significaba el inicio del tiempo último. La respuesta de Jesús es determinante: “No les toca a ustedes saber los tiempos y circunstancias que el Padre ha fijado con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes...” (V. 7-8). No cabe la especulación en torno al fin. El Padre tiene su plan de salvación y sólo Él sabe también el momento de su culminación. Lo único decisivo es que el Reino debe ser anunciado, el evangelio debe predicarse en el mundo entero. Los discípulos recibirán el Espíritu Santo para ser los testigos de Jesús en el mundo entero. Todos los pueblos quedan invitados a acoger el Reino y así se supera la exclusividad del pueblo de Israel, que era la preocupación de los apóstoles.

                La narración de la Ascensión es sobria, lejos de toda imaginación desbordada como aparece en las narraciones apócrifas. Tema importante es el de la nube por su profundo simbolismo bíblico. La nube siempre es signo de la presencia divina. Y la Ascensión es el centro de la narración. Los varones vestidos de blanco simbolizan el mundo sobrenatural y son ellos los que orientan a los cristianos sobre el sentido de la Ascensión: ese Jesús que ven perderse en la nube, vendrá. ¿En qué ponemos el acento? ¿En la partida de Jesús o en el cometido inmenso de la misión que nos deja?

                De la carta de San Pablo a los Efesios

                Estamos ante una oración que Pablo dirige a Dios por los cristianos de Éfeso y por todos los creyentes como nosotros que estamos leyendo este texto y ésta se refiere a ese conocimiento del misterio de salvación que ya expuso en el inicio de la carta (Ef 1, 3- 14). Se trata del conocimiento de Dios mismo revelado en Jesucristo. Comienza esta oración de petición así: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la gloria, les conceda un Espíritu de sabiduría y revelación que les permita conocerlo verdaderamente” (v. 17). ¿De qué conocimiento habla? Se trata de un conocimiento sublime, que está por sobre nuestra capacidad humana y que sólo el Espíritu de sabiduría y revelación puede hacerlo posible. Es el “meta conocimiento” de Dios, el que, como dirá en otra carta, es el Espíritu el que “escudriña incluso las profundidades de Dios” (1Cor 2,10). El don o carisma de sabiduría es el don de la fe que ilumina los corazones que lleva a valorar la esperanza a la que somos llamados y la espléndida riqueza de la herencia prometida (v. 18). La fe que Pablo pide para los efesios conlleva inmediatamente a la petición por la esperanza, que es como la otra cara de la fe. Ahora bien conocer la futura herencia por la fe es ya poseerla anticipadamente. Y esto es posible por la luz divina con que Dios ilumina los corazones a fin de valorar la esperanza a la que hemos sido llamados. Lo importante es reconocer que todo esto es posible por el despliegue de la grandeza extraordinaria del poder de Dios, “poder que ejercitó en Cristo resucitándolo de la muerte y sentándolo a su derecha en el cielo” (v. 20). Con la resurrección de Jesús y su exaltación sentándolo a su derecha, se instaura el Reino de Dios. Termina la súplica con la afirmación de la soberanía absoluta de Cristo sobre todo otro poder o potestad imaginada, cosa a la que eran muy proclives los efesios. Todo ha quedado sometido “bajos sus pies” (v. 22) y, por cierto, también la Iglesia. Cristo es cabeza de la Iglesia y ésta, su cuerpo. Así queda planteada una hermosa eclesiología que tendrá consecuencias para la comprensión de la Iglesia como misterio de comunión. Aspiremos a ese profundo conocimiento de Jesucristo, que nos introduce en el misterio de Dios mismo. Muchos autores hablan del conocimiento o experiencia mística, esa contemplación del misterio de Dios que sólo Dios puede regalar al alma que ansía siempre entrar en esa unión mística con Él. Se puede pedir pero siempre es una gracia especial.

                Evangelio de San Mateo 28, 16-20

                La solemnidad de la Ascensión del Señor nos recuerda lo que Jesús resucitado comunicó a los suyos sobre su vuelta al Padre, su regreso al Padre, con el que coronó su misión redentora. Vino al mundo para llevar al hombre a Dios. Lo hizo como Buen Pastor que quiere llevar las ovejas al redil y lo hace donando su vida, entregándose a la muerte, y muerte de cruz. Él entrega su vida porque es el hombre libre, la da y la recupera, porque el Padre le ama y Él ama al Padre. Jesús asumió el camino redentor real, habitó y compartió con nosotros, sobrellevó todos los episodios de una vida humana, como dirá San Pablo “en todo semejante a nosotros, menos en el pecado”. Nos redime no como un filósofo o como un maestro de sabiduría. Nos redime como “verdadero hombre y verdadero Dios”. Jesús vive “su éxodo” hacia la patria celestial y con Él también nosotros lo vivimos y lo viviremos definitivamente. Jesús lo vivió personalmente, lo afrontó totalmente por nosotros. Nada hizo por su cuenta. Descendió del cielo por nosotros y ascendió al mismo por nosotros, después de haberse hecho semejante a nosotros en todo, humillado hasta la muerte de cruz, después de haber tocado el abismo de la máxima lejanía de Dios. Y no hay otro abismo más extremo que el pecado. Y Jesús se ofreció por los pecadores para llevarlos de vuelta al Padre. Con toda razón a Jesús se le aplican las palabras del salmo: “Subió al cielo llevando cautivos”. Su éxodo no lo hace solo, lo hace con nosotros que hemos creído en Él. Jesús nos arrastra tras de sí en ese torbellino de vida nueva que ha conquistado con trabajo y entrega. Jesús ya cumplió con nosotros y con nota de excelencia. ¿Y nosotros? ¿Qué?

                Una cuestión muy importante es descubrir que el destino de Jesús está íntimamente ligado al nuestro. Dios Padre lo exalta restituyéndole la plenitud de su gloria pero ya no solo sino con nuestra humanidad. Ha sido anulada la distancia entre Dios y el hombre y realmente Dios está en el hombre y el hombre está en Dios. Y esto no es un espejismo o ilusión. Dios en Cristo lo ha hecho tan real que ya no es posible esperar otra. Cristo nos ha precedido, está en el cielo, es la primicia de la nueva humanidad redimida. Cristo es el ancla nuestra que ya está en la gloria. El ancla mantiene a los buques, les da firmeza y seguridad, les permite resistir los vaivenes de las olas. El cristiano también tiene su firmeza y seguridad no en sí mismo sino en Aquel que penetró con nuestra humanidad ya glorificada en la morada del cielo. Podemos entender el maravilloso lugar que ocupa María en la Iglesia, en cuanto ella ayuda a sostener la fe de los discípulos con la confianza puesta en su Hijo, el ancla de la Iglesia. Físicamente Jesús ya no está aquí y María nos recuerda siempre que Cristo nos espera en la casa del Padre.

                Convencidos de la glorificación de Cristo por el Padre que lo sienta a su derecha, escuchamos en el evangelio de Mateo una escena sorprendente. En estos últimos versículos de su  evangelio, nos vuelve a poner en Galilea, justamente la tierra donde Jesús inició su ministerio público. Es como comenzar de nuevo y la Iglesia deberá volver siempre a los comienzos de la evangelización. Acontece el encuentro entre Jesús y los once discípulos en el monte que Él les había señalado. Otra notable llamada: el monte tiene una enorme significación en la Biblia, es el lugar del encuentro y de la revelación. No es para menos esta mención del monte. Jesús se manifiesta como el que tiene potestad en el cielo y en la tierra, es decir, ejerce un señorío absoluto, que es el mismo de Dios. Los Once representan a la Iglesia constituida de creyentes y creyentes en dudas. Eso no cambiará nunca, siempre habrá creyentes seguros y creyentes vacilantes, muchas veces son los más. Pero Jesús tiene poder para cambiar las cosas. Los once se postraron, como los pastores y los sabios de oriente cuando fueron al portal en busca del rey que había nacido. Postrarse es signo de reconocimiento de la grandeza del que tienen al frente, es adoración y veneración. Es un acto muy propio del hombre ante la grandeza de Dios principalmente. Reconocen a Jesús resucitado como Señor, como Dios. Jesús toma la iniciativa, acercándose y hablándoles. Desde su autoridad, dotada de poder, los envía a una misión universal. Pero tengan presente que no van a buscar discípulos para ellos sino que enseñarán para hacerlos discípulos de Jesús. Se inaugura el tiempo de la Iglesia con el poder de bautizar con la invocación trinitaria. La misión no será nunca fácil pero una magnífica promesa de Jesús es garantía de salvación: “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (v. 20).   

                La Ascensión del Señor es un nuevo comienzo. Cristo glorificado en el cielo y nosotros volcados a la misión universal que nos encomendó, sin jamás abandonarnos. Es una forma de presencia distinta a la terrena que vivió con los suyos. Ahora todos estamos incluidos en su glorificación, se han abierto las puertas de la eternidad para la humanidad porque en Cristo hemos muerto con Él y vivimos para Él.

                Un fraternal saludo. Que Dios nos bendiga.   Fr. Carlos A. Espinoza I., O. de M.


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